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Ángel Pérez

Quiero no callar sin ofender

Intervención realizada en el encuentro sobre “El compromiso social de la arquitectura” en la Universidad Menéndez Pelayo.

Quiero en primer lugar agradecer a Julio Touza la oportunidad de participar en este encuentro y hacerlo junto a él mismo, y a Freddy Massad. Ha sido valiente al invitar a alguien que como  yo, no poseo conocimientos sobre Arquitectura, objeto central, al fin y al cabo de esta cita.

Mi participación se debe a mi actividad social y política durante algunas décadas, en las que he podido debatir y actuar sobre los problemas de la ciudad, tanto desde los movimientos vecinales como en el marco de las instituciones. Tengo además, como casi todos, el título de ciudadano que no es muy exclusivo pero sí tiene su importancia.

No seré tan atrevido como para dar una opinión técnica ni haré crítica de arquitectura en relación a las obras de renombrados arquitectos. Ni debo ni puedo. Pero sí tengo opinión social y tampoco la rehuiré ni la ocultaré en un debate que nos concierne democráticamente a todos y a todas.

Entiendo que el compromiso social es una actitud que no tendríamos que reivindicar y deduje que ésta convocatoria quiere ser también una educada pero exigente referencia a aquellos que ignoran ese compromiso.

De forma simple, entiendo la Arquitectura y, en general, todas las actividades humanas en su relación social. No entiendo y no creo posible la Arquitectura “en sí” y “para sí”, al margen del tiempo, del lugar, y de los acontecimientos sociales y los hechos históricos.

Gastar millones de euros en obras sin valor de uso social y justificarlo sólo por inspiración creativa, es, en mi opinión, una candorosa e hiriente forma de disfrazar que, en realidad, se sirve al poder económico de siempre o al poder político de turno, sin excluir las dos posibilidades.

Hay obras impactantes, seguramente de gran técnica e imaginación. Y quienes las conciben pueden creerse semidioses a juzgar por lo que dicen. Pero por su utilidad son deidades sin discurso útil, sin doctrina, sin legado y sin pueblo. En su libro “La viga en el ojo” Freddy Massad habla de “creadores de vacíos”. Dicho queda en tres palabras.

Y ahora asistimos a la resaca propia de la borrachera de megalomanía, dinero, postureo y olvido. ¡Cuidado!, una forma de afrontar la crítica es asumirla en el discurso e ignorarla en la práctica. Hay quien puede gastarse 50 millones de dólares en un monumento a la austeridad y hacerlo sin contradicciones.

Dada esta opinión quiero ofrecerles una intervención en torno a tres ideas:

  1. Que la Arquitectura está recorrida también por el conflicto social que determina la Economía.
  2. Que el espacio en el que vivimos condiciona nuestra vida y nuestra forma de pensar.
  3. Que la situación actual es un resultado de un proceso de décadas.

La Bienal de Venecia ha concedido el León de Oro al Pabellón Español, premiando el compromiso social de la Arquitectura.

La realidad de innumerables urbanizaciones en esqueleto, agujeros financieros, 300.000 desahucios, millones de jóvenes que no pueden acceder a su autonomía personal mínima, barrios envejecidos e inhabitables herencia del franquismo, desarrollos insostenibles y cientos de miles de familias empobrecidas por las hipotecas que en teoría eran llave de su futuro, es más que suficiente para interrogarse sobre el porqué de ese galardón.

No recaen todas esas cargas sobre los arquitectos, lógicamente. No está a su alcance la gestión de la crisis. Pero sí ha habido connivencias responsables durante muchos años que explican la actualidad.

En cualquier caso, premiar a un país en el que se han derrochado recursos públicos en infraestructuras y equipamientos a medio hacer, palacios de convenciones, centros de alto rendimiento, catedrales de tecnologías o cajas mágicas es, cuando menos, confuso y contribuye a crear espejismos.

Avalar delirios culturales como en Alcorcón, Avilés, Sevilla o Santiago, es dar por buenas ocurrencias que nada tienen que ver con la demanda social. Y todo ello con desviaciones presupuestarias que hacen pensar en fraudes sin miramientos. Ahora bien, si hay aeropuertos sin aviones, ¿Por qué no?.

Y ahora nos dicen: “cuando todo iba bien nadie decía nada”. No es cierto, muchos y muchas decían o decíamos que no estábamos de acuerdo. Más bien planteábamos que si todo iba tan bien porqué no se paliaban los déficits sociales y los desequilibrios territoriales. Pero eso “era demagogia”. Cabe pensar que cuando todo “va bien” es alegría para los pudientes. Cuando no es así, austeridad para la mayoría. “Más demagogia”.

En fin, creo que hay arquitectura para élites y arquitectura para los demás. Hay arquitectura del espectáculo y arquitectura para los espectadores, como en tantas otras cosas. En Madrid, por ejemplo, pueden verse los mejores espectáculos, exposiciones, museos o eventos deportivos. Mucho más difícil es el acceso a la práctica de una disciplina artística en cualquier barrio de los distritos menos favorecidos.

No descubro nada si digo que el conocimiento humano es patrimonio de la sociedad y su impulso determinante se da en el surgimiento y desarrollo de las ciudades.

La ciudad surge de la necesidad de fijarse al territorio y tiene que ver con el nacimiento de la ganadería y la agricultura. El desarrollo de nuevas habilidades, nuevas herramientas y técnicas alumbraron nuevos oficios, la necesidad de colaboración y también de organizar todo ello. Eso supone relaciones que generan costumbres, formas y valores. El individuo es consciente de su dependencia de los otros y de su propia importancia en el colectivo. Es la utilidad social del trabajo que distingue también a nuestra especie.

Y en aquella ciudad tan primaria hay necesidades que siguen siendo básicas 4000 años más tarde. Hay que alimentarse, tener un techo, protegerse del clima y dotarse de la seguridad posible. Hay que combatir las enfermedades, ampliar y reproducir el conocimiento, cuidar de los ancianos y la infancia. Se aprende a transformar el entorno y a respetarlo. Se transmiten experiencias, emociones, la cultura, las creencias religiosas, el arte, las tradiciones…

Esa colectividad, ciudad primitiva, sugiere ya la conveniencia obligada de cercanía, proximidad, relación, voluntad de permanencia, de deseo de futuro, de corresponsabilidad. Y además hay que normar, gestionar, arbitrar… y aparece el poder político. En aquella ciudad y después en la feudal, en los burgos y en la actuales. 

¿Tiene esto que ver con los arquitectos?.

El conflicto de intereses es tan antiguo como la economía y el excedente. Arquitecto era quién trazó Alejandría y el que amplió el Coliseo Romano para un mejor desarrollo de las matanzas de esclavos y cristianos. Sobre Nerón pesa la acusación de ser el precursor del urbanismo salvaje, provocando incendios en suelos de su interés.

Y el conflicto existe y persiste.

La ciudad a escala humana, según necesidades y la vida de sus habitantes, o…la ciudad como espacio para el negocio de los poderes económicos y sus expresiones políticas. ¿A quién pertenece la ciudad?. ¿Cómo se gestiona y organiza el espacio público?. ¿Qué obligaciones y corresponsabilidades tienen los ámbitos privados con la gestión de ese espacio público?.

Dije antes que me siento concernido democráticamente en el debate de la Arquitectura-espectáculo. La razón es que tengo escasas posibilidades de manifestar mi oposición a ciertas operaciones, quizá “artísticas” que tienen lugar en el espacio público.

Entiendo a Julio Touza cuando dice que el espectáculo no es en la calle. Y menos por la conveniencia o capricho de quién quiere dejar constancia de su poder a través de sus símbolos y representaciones. 

Lo privado tiene obligaciones y corresponsabilidad con lo público, pues de esa relación obtiene parte importante de lo necesario para ser posible y viable. 

A estas alturas, ya estará claro en que terrenos ideológicos y políticos me ubico.

La Economía tienen un papel “determinante en última instancia” en palabras de F. Engels, en los procesos políticos y sociales.

El modelo productivo que tras la guerra civil se impuso el Régimen, exigía la necesidad de Formación Bruta de Capital en una voluntad de industrializar el país. Lógicamente  reaparecía una clase trabajadora que, a priori, podría ser activa y chocar tarde o temprano con los bajos salarios, la infravivienda y más allá con la falta de libertades. La migración interna del campo a las ciudades como consecuencia de la guerra y del empobrecimiento, eran datos que el Régimen no podía pasar por alto. Así y sobre la base la industria de Automoción y el Turismo y la Construcción, se pone en marcha la estrategia.

Si bien en los años 20-30, los programas de casas baratas eran iniciativa pública destinadas a funcionarios o emigración rural, su continuidad en los 50 introduce la variante de la venta. 

En la década de los 50 y 60, el Estado empleó importantes recursos en la construcción y venta de viviendas a los trabajadores con la intención clara de convertir proletarios en propietarios (Arrese). Las ayudas se destinan entonces a quienes con ellas podían adquirir vivienda. En realidad son recursos indirectos a los bancos; las constructoras se benefician con materiales de construcción al coste, sin impuestos y los propietarios de suelo….no se disgustaron.

La economía como tantas veces, resolvió ciertas contradicciones internas del Régimen sobre si había que integrar o segregar  a la población potencialmente más conflictiva, según mayor o menor voluntad de control y también, es justo apuntarlo, a la conciencia más social de algunos sectores del propio Régimen.

Las leyes de arrendamientos de los años 1946, 1955 y 1964, consiguieron desanimar progresivamente a los arrendadores, al consagrar la congelación de rentas, la libre opción de renovar o no el contrato por parte del inquilino o la subrogación del contrato de familiares. En esas condiciones, con la liberalización del crédito hipotecario y las ayudas públicas a la adquisición de vivienda no era rentable mantener sus propiedades en el mercado de alquiler.

España:

-1950:45,9% vivía en propiedad. Aproximadamente 50% de vivienda en alquiler

- 1970: 30% vivienda en alquiler

- 1981: 21% vivienda en alquiler

Se desarrollan entonces (estamos en los 60 y 70), los grandes polígonos de vivienda en promoción privada con importantes subsidios públicos. Polígonos urbanizables modestamente, digamos, y escasos equipamientos, con carencias sanitarias, educativas o de transportes. Pero lo importante son los cambios sociales que se inician con aquella expansión sobre el territorio.

La estructura social se empieza a vincular con la estructura de precios inmobiliarios. Los trabajadores y trabajadoras acceden a la propiedad y para ello, al crédito y por supuesto necesitan empleo. El centro de la ciudad se empieza a abandonar hacia las primeras periferias. En Madrid son los distritos de San Blas, Moratalaz o el Barrio del Pilar, por ejemplo. El ahorro familiar es ahora la “revalorización a futuro” de la vivienda adquirida y la asimilación de los valores hegemónicos está ligada a mantener la propiedad y alcanzar un nuevo “status social”.

Es el éxodo de los trabajadores y trabajadoras hacia lo que se llamó y se llama sin inocencia ni pudor “clase media”, de conflictividad controlada y constituyó lo que algunos llamaron “franquismo sociológico”. Es… la paradoja de una clase obrera que vivía en una ciudad contenida y pasa a ser una “clase media” que vive en la periferia. Es ese proceso la vivienda valor de uso pasa a ser vivienda valor de cambio.

Años después, en la Transición aquellos polígonos y sus carencias fueron campo de trabajo obligado para los nuevos poderes democráticos de los 80 y 90. Los recursos empleados no dejaban de ser, no obstante, la reivindicación de los salarios de los recientes propietarios, bajo la forma de impuestos y tasas que financiaron la construcción de las dotaciones necesarias.

No es discutible la mejora de barrios obreros y la transformación de la ciudad. Tampoco lo es que, esas actuaciones no interfieren en la estructura de precios. Los barrios centrales siguen siendo inaccesibles, para los trabajadores y trabajadoras, y éstos, se localizan en periferias urbanas, metropolitanas y en el más allá, más equilibradas, eso sí, con las dotaciones realizadas.

Las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos en los 80 y 90, se plantearon, lógicamente, satisfacer nuevas demandas de una sociedad que avanzaba hacia nuevos derechos y necesidades, consecuencia de su propio desarrollo. La preocupación justa y creciente para el medio ambiente, un consumo más racional, la necesidad de nuevos servicios y nuevas formas de acercamiento a la cultura, al ocio, las aficiones y cuidados personales, etc., son reivindicaciones lógicas tras la dictadura.

Se inicia un nuevo ciclo inmobiliario que consolida la estructura social a partir de los precios de la vivienda y se extiende más allá de los ámbitos urbanos y metropolitanos. Entre 1985 y 2000 se urbanizó más suelo en España que en toda su historia anterior. En Madrid, en 1985, el PGOU (Plan General de Ordenación Urbana), mantiene la filosofía del crecimiento limitado y de hecho protege casi 90m. de m2, no urbanizables. Y contempla los Planes de Acción Urbanística sobre suelos no programados en Carabanchel y Arroyo del Fresno.

Doce años más tarde, el PGOU del 97 con una filosofía radicalmente diferente, califica de urbanizable prácticamente todo el término municipal, so pretexto de abaratar el suelo. Gobiernos de signo diferente, izquierda y derecha, con argumentos anti-téticos no frenan que el suelo multiplique su precio y la vivienda siga siendo inaccesible para muchos trabajadores y trabajadoras.

Los PAUs, del Norte, Sur Sureste y Noroeste suponen 75 millones de m2 de superficie en los que se prevén más de 217.000 viviendas, además de usos industriales, terciarios y dotacionales. No se cuentan aquí otras operaciones que añadirían algunas decenas de miles de viviendas más. 

A día de hoy, el desarrollo de esos PAUS es desigual, pero en algo hay coincidencia casi general. Son más urbanizaciones dormitorio que barrios en los que vivir. Las carencias de servicios, colegios, institutos, instalaciones sanitarias, deportivas, culturales, mercados o centros asociativos son características dominantes, aún en los más desarrollados.

En el área metropolitana de Madrid, hay 20 municipios con poblaciones entre 50.000 y 200.000 habitantes. 9 de ellos más de 100.000, que también han aplicado el modelo de urbanizaciones separadas de la ciudad existente. La tipología de viviendas adosadas en una o 2 plantas es la consecución de la propiedad del espacio propio, no compartido, exclusivo y también un consumo de suelo, redes y servicios insostenibles. 

Todo parece un contrasentido difícil de resolver. El empleo es más inestable, la movilidad creciente, los salarios inciertos y bajos…y la respuesta es seguir con un modelo de expansión en núcleos separados y vivienda en propiedad.

Los nuevos desarrollos se articulan en torno a las grandes centros comerciales cuyos pasillos son las nuevas calles bajo techo. Los transportes insuficientes y dotar a desarrollos que miden kms en cualquier dirección, de transportes rígidos como el metro, sirve para quienes viven a 500 metros. Esto es, se impone el uso del vehículo particular. El pequeño comercio prácticamente inexistente; el espacio entre bloques para exploradores. Son espacios en los que no se pone el sol.

Al tiempo, los costes de urbanización elevados y el mantenimiento en limpieza, alumbrado ó seguridad, etc…desproporcionados. ¿Cuánta policía hace falta para vigilar 500 chalets?. Un modelo que interioriza la vida urbana y también la de las personas en recintos cerrados carentes de vida social.

Permítanme: No es un modelo para viejos, ni infancia, ni para vivir la cotidianeidad. Nada más ajeno al sentido común.

En el año 95, el PP su candidato, Sr. Gallardón, prometió hacer decenas de kilómetros en Madrid. Se superaron e hicieron más de 100 km. en Madrid y más allá de Madrid ciudad. Los beneficios para la ciudad no son discutibles.

Y además es cierto que hoy los habitantes de Madrid pueden llegar en metro a lugares que antes no podían e incluso no necesitaban ir para nada…hasta que, efectivamente, la ciudad se expande más allá de lo racional en un desarrollo innecesario, costoso, insostenible y que sólo aporta núcleos de población desconectados y de dudosa vida social.

Quienes apuestan por construir barrios, aspiran a otro modelo. Armónico,  a partir de lo existente y generando espacios con vivienda, plazas de encuentro y calles animadas con comercio de proximidad, servicios públicos y equipamientos con transportes flexibles y cercanos. Espacios que cuenten con lo básico. Centro de salud, colegio, escuela infantil, centro de día de mayores, biblioteca, centro social de actividad cultural y asociativo, zonas infantiles y verdes…es el modelo celular al que Touza y otros se refieren. Barrios que cuentan con su propia vida y al tiempo se relacionan con otros para articular la ciudad.

Es un diseño, no como visión preconcebida de un genio, sino como resultado de la vida de la gente y la inteligencia y la técnica de organizarla en el espacio social. Un diseño que reduce la movilidad forzada, más vivible, más eficiente y sostenible. Y una apuesta por un parque de alquiler público que entienda la movilidad que impone la realidad económica y social.

No puede ser tan difícil…a menos que la irracionalidad tenga ventajas y beneficios. En ese caso no hay errores, ni casualidades. Cuando invoco el alquiler como apuesta, me refiero a la iniciativa pública. Generándola por sus medios e incentivando la puesta en el mercado de alquiler privado. En los últimos años se ha pasado de un 6-7% de alquiler a más del 20%. Pero hay que aclarar que es el mercado privado el responsable.

El alquiler público ha sido dilapidado por los ayuntamientos con el argumento de su insostenibilidad económica, llegando incluso a vender las viviendas a fondos privados con los inquilinos e inquilinas dentro. Eso implica alteración de los contratos y finalmente obligar a la compra de la vivienda. La restricción del crédito hipotecario, la inestabilidad en el empleo, los bajos salarios y el precio de las viviendas, son las causas del incremento del alquiler y no un cambio favorecido por la iniciativa pública a favor del alquiler.

¿Y la arquitectura qué dice?.

De lo dicho hasta aquí, la reflexión que me parece más inquietante es, que con las debidas distancias, constatando las mejoras de la ciudad, la calidad de la urbanización y la construcción, la realidad de más y mejores servicios públicos y equipamientos, mecanismos de participación y un largo etc. del que congratularse, que no es poco, hay algo que sigue intocable. Y es que, en el conflicto de intereses en torno al modelo territorial su gestión y organización, la vivienda en propiedad sigue siendo elemento central de un modelo económico en el que el capital financiero impone con contundencia creciente, en función de sus intereses, el diseño de nuestro entorno, como vivimos y nos relacionamos y eso influye en buena medida, en cómo pensamos y actuamos.

Y es inquietante porque izquierda y derecha han respetado esa piedra angular en sus políticas de vivienda. Cuando no se cuestiona la partitura, sólo cabe hacer versiones más o menos arregladas. OTRA LETRA Y OTRA MÚSICA. Eso es crear. Eso es arquitectura.

Y cuando hace su aparición la crisis y aquel valor futuro que era el ahorro se esfuma, y la vivienda cae por debajo del valor de la hipoteca, entendemos que no era verdad ni lo de la clase media, ni lo del Estado Social del Bienestar, que nunca pasó del Estado social mínimo. El mercado laboral es el que es y no me detengo; los sistemas de protección mínimos e inestables; las políticas públicas en buena parte privatizadas…Y la identidad colectiva desaparecida en aras del individualismo y el sálvese quién pueda.

A la espera de una alternativa, que es compleja y difícil, pues su necesidad no es sólo frente a la crisis actual, sino frente al modelo y el proceso de años que hacen de España el país de las dos crisis…lo mejor, lo posible, lo inmediato y espontaneo es….¡Indignarse!. Quizá sea un principio pero desde luego, no es un proyecto alternativo. La indignación, como la rebeldía, son respuestas, pero no suponen una propuesta. Son parte de la lógica del poder. Ser rebelde es reconocer el poder de otro, no afirmar el propio.

Déjenme volver al posibilismo, que tampoco es fácil. Todos necesitamos techo. Los nuevos hogares, las formas más variadas de convivencia, la opción personal, han necesitado siempre un lugar de referencia desde el que organizar nuestra vida y sus distintas facetas. Un sitio donde tener la televisión al menos. Y  hay segmentos de población en los que pensamos cuando hablamos de urgencia.

En datos del Consejo General del Poder Judicial, entre 2008 y primer trimestre de 2015 se iniciaron 598.747 procesos de ejecución hipotecaria. No se especifica si son viviendas o locales. El Banco de España según Amnistía Internacional, da el dato de más de 97.000 desahucios en vivienda principal entre 2012 y junio de 2014 (30 meses). No parece excesivo hablar de 300.000 desahucios de vivienda principal durante la crisis.

Se pierde la vivienda, se vive el fracaso y la frustración y el riesgo de exclusión pues, en muchas ocasiones el desahucio es consecuencia de la pérdida de empleo. Qué decir de la inmigración que pierde hogar, pertenencias, y también la referencia de su país, su cultura, a menudo su familia, y lo vive en otra lengua, otro lugar extraño y sin mecanismos de relación a los que acudir.

La solidaridad es un sentimiento de humanidad pero es también un rasgo de inteligencia. No es inteligente pensar que en el mundo global, podemos permanecer tranquilamente reflexionando en nuestro primer mundo, mientras millones de personas huyen de las guerras, el hambre, la miseria o la persecución. Y aún llegan a las fronteras, y no son cuestión urgente, sino un motivo para el debate político. No entendemos que no vienen a quitarnos algo. Vienen huyendo de las políticas globales de nuestro mundo en muchos casos. De nuestro intercambio desigual, de la esquilmación de sus recursos de la geoestrategia que organiza guerras en las que ellos ponen las víctimas. 

Otros huyen de las dictaduras teocráticas que esclavizan a los pueblos, cosifican y humillan a las mujeres y sumergen sus sociedades en la Edad Media. Huyen del terrorismo. ¿Y nosotros que haremos?. ¿Observar?.

En un nivel diferente, no menos importante, en España hay cientos de miles de personas con diferentes grados de dependencia y discapacidades. Y claro que necesitan rampas y elevadores y cuartos de aseo adaptados. Y teléfonos y pulseras. Sí. Pero no hablo de habitantes de pisos, hablo de ciudadanía que necesita barrios, espacios a los que salir, relacionarse, centros de cultura, espectáculos, ocio, estudio, zonas de esparcimiento y en definitiva, ámbitos que no añadan dificultades a sus limitaciones y permitan una vida plena. No digo legar o transmitir sus experiencias porque no procede cuando se está reinventando el mundo.

Y más de 4 millones de parados, el 50% jóvenes en plenas facultades productivas con el proyecto de vida encorsetado en el hogar familia en que nacieron muchos de ellos. Que buscan empleo y quizá lo encuentren en aquello para lo que no se han preparado y con salarios de subsistencia.

Que se incorporarán tarde al mercado laboral, que accederán tarde a su autonomía personal y que crearán en su caso, hogares con edades ya cerca de la media vida, justamente en una sociedad en la que cumplir 50 años te hace candidato a observador de obras, si las hubiere, y por cuenta propia.

Todos ellos necesitan techo urgente y todos son dramas personales, familiares y sociales.

¿Preocupa todo esto a los arquitectos y a las arquitectas?. Creo que a la mayoría sí.

Pero la preocupación no cambia las cosas, si no hay actitud del cambio.

Cultura de cambio, discurso de cambio, compromiso de cambio. Y sólo la acción modifica las actitudes.

Hay que buscar el camino de regreso a las ciudades, a los espacios de libertad, de convivencia, de colaboración de creación y de solidaridad. Hay que encontrar el camino a las ciudades democráticas en las que el espacio público es de todos y de nadie, organizado por, para y según la vida y actividad de las personas. Hay que crear las ciudades sostenibles, eficientes, próximas, compactas, que regeneren recursos y permitan legar futuro.

Y las personas arquitectas, sociólogas, biólogas, médicas, informáticas, ingenieras, ecólogas y en general, la sociedad, conocen los instrumentos y cómo utilizarlos.

En la medida de mis posibilidades y con la referencia del ámbito en el que he podido conocer me atrevo a sugerir alguna línea general, fruto de reflexiones colectivas.

  • Propusimos una Ley de Suelo que partía de la necesidad de elaborar un P.R.E.T. (Plan Regional de Estrategia Territorial), que definiera los crecimientos posibles en línea de lo ya dicho. Que determinara infraestructuras, los equipamientos supramunicipales en el área metropolitana y municipios más importantes y articuladores del territorio; los espacios libres, los suelos protegidos. Un Plan que consensuadamente ejerciera de guía que impidiera el desarrollo anárquico tan propio de las gentes de orden, según intereses económicos o políticos en los municipios.
  • Una Ley del Suelo que garantizara la vivienda protegida en un 60% de los nuevos desarrollos, adecuando un precio del módulo asequible, incluso reteniendo la propiedad del suelo en la iniciativa pública para evitar especulación.
  • La creación de un parque público de vivienda, regulado y con peso para influir en el precio del alquiler no superando en las promociones públicas el 30% de la renta salarial. Destinar a ese fin las concesiones de suelo y redes supramunicipales, no enajenables.
  • Una Ley que determinara la obligación de desarrollar simultáneamente las viviendas y los equipamientos y servicios públicos.
  • Resolver por Convenio o expropiación las viviendas vacías de Bancos, Inmobiliarias.
  • Con esa Ley como marco, elaborar un P.G.O.U dirigido a la flexibilización de usos, mixtificando los espacios para industrial, residencial, terciario y dotacional.
  • Esto es, avanzar en la compactación de la ciudad, su densificación racional, la reducción de movilidad y conseguir reequilibrio territorial y social.
  • Abordar la cuestión de la Rehabilitación desde un criterio integral. No es sólo reformar edificios y fachadas. Es remodelar barrios, generar bienestar social, combatir fracaso escolar, erradicar focos de pobreza, dotar de equipamientos, ordenar calles, eliminar guetos. La rehabilitación genera empleo directo e indirecto, promueve nuevas industrias y materiales, permite mayor eficiencia, revaloriza entornos. Tiene costes, pero son de inversión.
  • Es necesario revisar la fiscalidad de los arrendamientos, principalmente hacia los arrendatarios. La situación actual discrimina claramente el alquiler frente a la propiedad, y la diferenciación por edades no se justifica en estos momentos.

Y nada de esto requiere salir del euro, ni del derecho a la autodeterminación, ni tan siquiera de la proclamación de la III República.

Acabo. Nací en un barrio popular del Madrid de los 50. Un edificio de unas 500 viviendas, pequeñas y buena parte en alquiler. Vecindad de trabajadores de grandes empresas, pequeños comerciantes y funcionarios modestos.

Era clase trabajadora pobre, pero no subvencionada o hipotecada, con cierto dominio sobre su exigua economía. La práctica igualdad de recursos y la convivencia lógica en aquellos pasillos de puertas abiertas, y cortinas, hacían fácil sentir la identidad colectiva. Eso que los nostálgicos llamamos conciencia de clase. Hay quien se identifica con su tierra y a mí me parece muy bien. Es algo muy antiguo y que hoy está en la actualidad cotidiana.

Lo que choca es que parece que identificarse con otras personas con las que se comparte lo cotidiano y vital, se considere caduco y superado.

No hace mucho he vivido en una urbanización moderna a 17 kms de Madrid. 2kms al Metro y un autobús cada 25 ó 30 minutos. Muchas zonas verdes y mucha tranquilidad. Yo sabía que no estaba sólo. Los fines de semana, el humo de las barbacoas y el ruido de las aspiradores de coche denotaban presencia humana. Allí estábamos los hijos e hijas y nietos y nietas de los trabajadores de los 50, pero éramos más propietarios, privados, irrepetibles, y exclusivos.

No pido a los arquitectos ni a las arquitectas que me devuelvan al Neolítico o a mi clase obrera. Hay cosas que no tienen ni van a tener marcha atrás.

Les pido que derriben muros para mayor visibilidad. Conocemos a nuestro médico o a nuestro fontanero. Difícilmente encontraremos quien conozca el nombre de la persona que proyectó la casa en la que vive. Es una actividad lejana y de cierta élite. Les pido que generen cultura, discurso y conciencia de cambio real. Que luchen por recuperar su función de diseño, hoy en manos de promotores y especuladores.

Les pido su ciencia y su técnica para recuperar las ciudades de la convivencia y de la identidad con la gente. Se trata de recuperar la relación entre las personas, antes, y muy por encima de la relación con las cosas.

Agradecimientos a Daniel Morcillo, Gregorio Gordo, Eva Gómez.

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